En los años sesenta, todas las actividades relacionadas con el campo, pasaron a un segundo plano y con ello creció un menosprecio por estas prácticas, reflejado claramente en el desinterés de la juventud por continuar con estas labores. En el presente, la ignorancia y la falta de interés hacen eco de esa visión negativa de las tradiciones.
La disminución del quehacer del boyeo ha provocado un efecto en cadena, la fabricación de carretas y yugos para el trabajo ha decrecido, al igual que la elaboración de sus accesorios.
Adicionalmente, criar bueyes y educarlos, así como mantener un taller de elaboración de carretas no resulta rentable en la actualidad. El boyeo, en comparación con otros oficios, no resulta atractivo, pues es una labor que demanda de mucho tiempo y recursos, como la tenencia de tierra.
Por otra parte, una ola de delincuencia ha azotado a los boyeros que todavía permanecen. El robo y sacrificio de sus animales, con la intención de comercializar la carne, le han desestabilizado fuertemente al punto de que muchos consideran abandonar el oficio. El golpe no es solo económico sino también emocional, por el cariño que se les tiene a los animales.
No obstante, ante todo este panorama incierto, existen aún posibilidades para el boyeo. Iniciativas de los propios boyeros por agruparse en comités y la intención de trabajar en conjunto con asociaciones comunales están abriendo espacios para la discusión y el trabajo a favor de esta tradición.
Con el debido apoyo político, económico y social, podría ser posible que estas iniciativas no se queden estancadas y por el contrario se revitalicen.
La declaratoria de la UNESCO, del boyeo como patrimonio intangible de la humanidad, genera un clima favorable para el fortalecimiento de más acciones que permita a los costarricenses conservar esta herencia.