Los campesinos costarricenses, al mando de su carreta y junto a sus fieles bueyes, han ejercido el oficio del boyeo por generaciones. Un oficio aprendido desde pequeños, junto a su familia. Son los hombres, principalmente, quienes heredan la tradición del boyeo, sin embargo, las mujeres siempre han participado de la tradición y en los últimos años han asumido un liderazgo importante.
Al igual que el boyero, los bueyes desde jóvenes reciben su educación, una tarea laboriosa que requiere de varios años. Aprenden a llevar la carga del yugo y la carreta, y su temperamento es modelado para recibir con sumisión las instrucciones del boyero.
Los estímulos del chuzo y las órdenes del amo, que con el diario convivir se envuelven en gestos de cariño, confianza y obediencia, facilitan la labor. El chuzo permite establecer jerarquías, pero no se utiliza para agredir al animal.
Arar el campo o hacer girar las muelas del trapiche. Transportar leña, caña dulce, maíz y otros productos. Llevar el café al puerto para intercambiarlo por sal y algunos granos. Trasladar a los enfermos, brindar el servicio de fletes o ir de paseo. Estas han sido algunas de las funciones que boyero, bueyes y carreta, han permitido en Costa Rica.
Todo este cúmulo de conocimientos y habilidades, intangibles e imperceptibles pero arraigados en la memoria, han contribuido, en alguna medida, a la definición de la identidad costarricense.