Museo Nacional de Costa Rica
Cambio cultural a finales del siglo XIX y principios del XX

Exhibición "Puertas Adentro"

Gabriela Villalobos, historiadora.
Dpto. de Antropología e Historia
Museo Nacional de Costa Rica

Bodega almacén La MascotaEl Museo Nacional inauguró a inicios de noviembre del 2009 una exhibición titulada “Puertas Adentro”. La misma está centrada en el período de finales del siglo XIX e inicios del siglo XX. Además de rehabilitar para el público dos casas construidas en esa época, recreamos espacios domésticos y mostramos objetos propio del período que se caracterizó por un cambio cultural y una modificación muy particular en los patrones de consumo.

En esa época, la sociedad costarricense, en su mayoría rural, estaba formada por pequeños y medianos productores, seguidos en importancia por trabajadores del campo con poca o ninguna propiedad. Mientras tanto, en San José se concentraba la élite política y económica, los empleados públicos, los comerciantes, y los sectores populares conformados fundamentalmente por artesanos y obreros.

Las diferencias sociales  se reflejaban en el desarrollo espacial de la ciudad. A finales del siglo XIX, los sectores burgueses comenzaron a trasladar sus residencias al norte de la ciudad, lo que dio origen a los barrios Amón, Otoya y Aranjuez, mientras que en el suroeste convivían barrios de clase media, obreros y artesanos. A partir de 1900, muchos de estos barrios crecieron hacia el norte y el oeste de la ciudad.

Los gobiernos liberales de finales del siglo XIX se plantearon el reto de “civilizar y modernizar” a los sectores populares y cambiar sus costumbres y  mentalidades. Para lograrlo, en la década de 1880 impulsaron la secularización social y  reformas que garantizaban la educación gratuita y obligatoria, y separaban a la Iglesia católica de esta actividad. Las actividades públicas representaban un espacio clave para introducir nuevas pautas de comportamiento y jerarquizar el consumo cultural.

En ese contexto, el Teatro Nacional se convirtió en un símbolo de la gloria cafetalera, de la modernidad y de la cultura liberal.
Actividades populares de origen religioso colonial, como los turnos y los toros, alternaron con la apertura de nuevos centros de diversión y lugares para el esparcimiento, como los parques y los clubes. Se podía gozar del tiempo libre en las retretas dominicales, en los bailes, el circo, el cine o en la infraestructura surgida alrededor de estas actividades, como las sodas, cafetines y heladerías.

Con el intercambio comercial mundial, una mayor variedad de productos europeos ingresó en el mercado nacional, incluidos bienes orientales, vistos como exóticos ejemplos de otros mundos y culturas. El consumo de bienes europeos fue clave en la diferenciación social de las élites respecto del resto de la sociedad. Pero la actividad comercial atendía además todos los gustos: desde las tiendas exclusivas con finos y caros productos europeos hasta los locales del mercado y de la calle.

A finales del siglo XIX, en los hogares de clase alta existían diferentes espacios para cada actividad familiar. Esta nueva concepción de la privacidad conllevó a crear áreas propias para los hombres como la biblioteca y la oficina, o el cuarto de costura para las mujeres. El lugar más importante fue la sala como espacio para las actividades sociales. Allí se ubicaban los retratos familiares, los mejores muebles y adornos, muchos importados o nacionales, sin faltar el piano para que las señoritas de sociedad demostraran sus habilidades artísticas.

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