Museo Nacional de Costa Rica
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Reptiles y Anfibios del Páramo

Francisco Durán Alvarado
Departamento de Historia Natural

El páramo es un sitio demasiado frío en ocasiones, tanto que la escarcha blanquea el terreno después de algunas noches frías. No es un sitio en el que alguien que lo conoce por vez primera esperaría encontrar un reptil o un anfibio, animales incapaces de controlar su temperatura interna, por lo menos no del mismo modo que sucede en las aves o los mamíferos, razón por la cuál se dice que son de “sangre fría”, aunque el termino no sea el apropiado.

Los reptiles incluyen animales como las serpientes, las tortugas, lagartijas y cocodrilos; mientras los anfibios consisten en las ranas, sapos, salamandras y las “solda con solda”, éstas últimas parecidas, en su aspecto externo, a grandes lombrices.  Algunos representantes de estos grupos aguardan en el páramo para sorprendernos. Unas 19 especies se han registrado en el páramo o zonas aledañas, pero solo unas 6 son realmente típicas de éste ecosistema y de 3 de ellas se expondrá en éste breve texto. 

Son pocas sí, pero eso no le resta interés a su presencia allí. Así que nos adentraremos en su mundo para conocer más de estos colonizadores del páramo, y si alguna vez visitamos esos lugares nos podemos fijar en las rocas o la vegetación y tal vez los conoceremos mejor.  Si empezamos a bajar un poco pronto encontraremos otras especies de reptiles y anfibios incluyendo algunas serpientes.

El primero es un anfibio, una salamandra, conocida científicamente como Bolitoglossa pesrubra, que solo se encuentra en Costa Rica, en la Cordillera de Talamanca incluyendo Fila Cedral, al sur de San José.  Habita las selvas húmedas de montaña y del páramo. Propia de medianas y altas elevaciones, entre los 1870 y los 3620 m.s.n.m. Es una especie terrestre, pero a veces trepadora. Se desliza entre la hojarasca del suelo del bosque, en troncos viejos, en las plantas conocidas como piñuelas o bromelias, en los húmedos musgos, grietas entre las rocas. Se alimenta de pequeños animales, incluso trepa a las plantas de Puya, que sobresalen sobre la vegetación paramera, para buscar insectos.

Según la literatura, la salamandra Bolitoglossa pesrubra, pone entre 13 a 38 huevos en cavidades entre las rocas, los cuales pueden ser atendidos por ambos adultos. Algo interesante es que de estos huevos, a diferencia de las ranas, no nacen larvas o “cabezones”, sino que nace una pequeña salamandra directamente.

Aparte del hecho de poder vivir en sitios fríos, la salamandra nos sorprenderá con algunas de sus costumbres: es nocturna a pesar del rigor de algunas noches de los bosques de altura, incluso puede estar activa aún a temperaturas tan bajas como entre 0 y 4 ºC. ¿Cómo lo logra? Algunos investigadores hablan tanto de razones de su organismo como de comportamiento. Pasar todo el día entre la hojarasca en descomposición donde obtiene calor suficiente para mantener su actividad, el hecho de no moverse mucho de su hogar supondría un bajo gasto de energía y otras veces se habla de líquidos internos en su cuerpo que le ayudarían a evitar entrar en un peligroso estado de congelamiento.

Aparte de ésta especie otras especies de salamandras que se pueden encontrar a esas altitudes o un poco más bajo, aunque no siempre en las mismas localidades, son las siguientes: Bolitoglossa subpalmata, B. cerroensis y B. sooyorum.

Otro inquilino reptante del páramo es un viejo conocido de los muros y tejados josefinos, la lagartija Scelophorus malachiticus llamada algunas veces “camaleón”, aunque no sea de la misma especie que los camaleones africanos que vemos en televisión. Ha sido encontrada en Costa Rica, Panamá, El Salvador, Honduras y Nicaragua.

A diferencia de la salamandra, ésta lagartija habita gran parte de nuestro territorio encontrándose en elevaciones desde 600 a 3800 m, casi cualquier altitud del país. Aprovecha los primeros rayos de sol para pararse sobre cualquier superficie que favorezca su calentamiento como una roca o una lámina de metal. Es territorial y cuida una pequeña área de unos pocos metros, de donde expulsará a cualquier lagartija intrusa. Su comida favorita consiste en pequeños insectos o arañitas. Ágil escaladora aprovechará su habilidad para escapar de sus numerosos enemigos: serpientes, aves de presa como el gavilán colirrojo, también presente en el páramo; y probablemente algunos mamíferos como el pizote y su nariz detectora de comida.

Una de las interesantes cualidades de la lagartija Scelophorus malachiticus, para poder vivir en el páramo, posiblemente sea el hecho de que a diferencia de algunas otras especies de lagartijas, no pone huevos en el suelo, sino que procrea a sus hijos directamente, lo que permite protegerlos más dentro de su vientre (lo que se conoce como vivíparo), sin tener que pasar estos por un estado de incubación expuestos al frío exterior. Este rasgo es más significativo tomando en cuenta que en tierras más bajas (por lo menos en algunas zonas en que esa característica ha sido comprobada) donde no es tan impactante el problema de la baja temperatura, éstas curiosas lagartijas son ovíparas, o sea que allí si ponen huevos a diferencia de los ejemplares de tierras altas.  Puede tener entre 6 y 12 hijos. 

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Mesaspis monticola
Otro de los curiosos reptiles del páramo es una bonita lagartija diurna de dorso oscuro con pintas verdes. Se trata de la lagartija conocida científicamente como Mesaspis monticola. Habita tan solo en Costa Rica y en el Oeste de Panamá, donde solo la encontramos en tierras muy altas de 1800 a más de 3000 m.

Vive lo mismo en el páramo que en bosques húmedos montanos, encontrándose entre las rocas, musgos, pasturas o cerca del borde de bosque, donde se desplaza ágilmente en busca de pequeños animales como insectos, arañas e incluso salamandras juveniles y crías de su propia especie. Al igual que la lagartija anterior, esta especie es vivípara. Tiene a sus crías entre mayo y junio. Llega a tener de 2 a 10 crías. A veces se ha encontrado al adulto junto con sus crías, lo que podría sugerir algún grado de cuidado por parte de la madre.

Una vieja leyenda habla que son venenosas, y que “pican con su cola”, algo por supuesto falso. Solo es una interesante lagartija que ha podido conquistar las frías alturas de nuestro páramo.

Un agradecimiento al herpetólogo Federico Bolaños de la Universidad de Costa Rica,
por la revisión y sugerencias al texto.

Fotografía
Mesaspis monticola:  Alfredo Cascante.