Vol. 6 / Nº 6/ edición junio del 2013

Aportes

Aquellas Estatuillas que nos acompañan
de mujeres, vírgenes y nigüentas

Ana Yensy Herrera
Arqueóloga

Desde muy pequeña siempre miré una figurita muy curiosa frente al espejo de la sala. Alguna vez la vi con atención y me intrigó aquella niña incomprensiblemente desnuda y bien peinada levantando su piecito regordete mientras miraba con atención sus dedillos.

“¿Qué hace?. Busca niguas. ¿Qué son las niguas? Unos bichitos que chupan sangre. ¿Cómo se llama?” “Niguenta y tenerla en la casa da buena suerte. Uhm ¿Qué es buena suerte? Que todo nos salga bien, que su papá tenga trabajo, que tengamos buena salud, que logremos tener una casa”.

Mi madre pensaba que la suerte era lograr todo aquello que esperamos de la vida para ser felices.

Así que entre la Nigüenta y la Virgen María que a veces competían por el espacio, nuestra felicidad y suerte quedaba fuera de nuestro alcance. Bueno, mi abuela me habría metido un pellizco por decir esto, porque para ella muestro alcance se lograba rezándole a la Virgen o sobándole el piecillo a la niña blanquita y transgresora que desnuda se anteponía a la discreción religiosa.

Como arqueóloga me he encontrado infinidad de veces con imágenes de mujeres semidesnudas bien maquilladas y con sendos adornos sobre la cabeza que me recuerdan más a la Ningüenta desnuda y despreocupada que a la Virgen devota y bien arropada.

Mujeres rojizas del color de la tierra quemada que coincide con la piel de muchos costarricenses, como no, si ellas representaban a las mujeres indígenas de hace cientos y miles de años. Pero, ¿Cuál era su significado?

Algunos arqueólogos están de acuerdo con que ellas representan mujeres chamanes, esos especialistas de lo espiritual que en las sociedades precolombinas jugaron un papel fundamental en la intersección ante las entidades espirituales, capaces de curar por los dones naturales y aquellos poderes otorgados por la propia sociedad. Este es el caso de muchas representaciones de mujeres con expresiones rígidas, miradas penetrantes que parecen evocar estados de éxtasis religioso que aparecen especialmente en Guanacaste a lo largo de más de 1,000 años.

Otras formas ilustran madres con sus hijos en posición de amamantamiento, llevados en los brazos, sobre sus espaldas o regazos. Las madres pueden llevar togas grandes tales como las que se representaron en la vertiente de caribe en las inmediaciones de Guápiles durante una época que los arqueólogos llaman El Bosque (500 a.C.-500 d.C.). Otras estaban pintadas con dibujos geométricos casi siempre sentadas con las piernas abiertas y sus hijos en los regazos como ocurre entre el año 800 y 1550 d.C.  en la vasta zona sur de Costa Rica.

Otras veces las mujeres están embarazadas. Sus grandes vientres, sus senos prominentes, el maquillaje, los adornos y las expresiones mezclan la maternidad con la espiritualidad. A diferencia de la imagen de la Virgen María, las imágenes precolombinas de esas mujeres manifiestan su embarazo, o la lactancia.

Muchas figurillas femeninas se usaron colgando y con frecuencia cuando se quebraban eran arrojadas a la basura común, tal y como haríamos con la Ningüenta. Así que cabe preguntarse su papel en la cotidianidad de las comunidades precolombinas. Si acaso acompañaban a las mujeres cada día en sus ruegos por no morir en el parto, por tener leche con que alimentar a sus hijos y por proteger sus vidas mientras hacían las vasijas, recolectaban en el bosque o preparaban la comida.

Es posible que una mezcla entre lo sagrado y lo ordinario se expresara en estas mujeres fértiles y productivas de la sociedad indígena precolombina de Costa Rica. Cuando las veo todas descoloridas, me pregunto si su condición ¿fue el efecto de las manos femeninas que se posarían insistentemente sobre ellas robándoles poder y confianza o sería la humedad de la tierra que las abrigó por tanto tiempo hasta nosotros?

Foto: Niguenta, tomada de nacion.com, Alejandro Sandino, 18 mayo de 2008.

 
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Tarifas: Nacionales adultos ¢1500. Entrada gratuita para estudiantes, menores de 12 años y adultos mayores de 65 años con identificación / Extranjeros: $8, estudiantes extranjeros identificados $4.

Tels: +506 2257-1433 - Fax: +506 2233-7427 - Aptdo: 749-1000 San José, Costa Rica.

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