Vol. 6 / Nº 6/ edición junio del 2013

Aportes

Mis recuerdos de la Semana Santa

Gerardo Sánchez Sequeira

El jueves santo se conmemora la última cena de Jesús. Fotografía tomada de la página www.vatican.vaLa invitación a escribir un breve artículo acerca de las costumbres y tradiciones propias de la Semana Santa, me ha dado la oportunidad de recordar con añoranza mis viejos tiempos, los tiempos de joven, los tiempos de mis padres, mis abuelos y de mis amigos, con relación a la Semana Mayor, la cual, en mi calidad de cristiano, católico y laico comprometido, tiene una gran significancia.

En cuanto a las costumbres de aquellos años – treinta o cuarenta años atrás- ¿cuán diferentes son a las actuales?  Veamos algunas de ellas: 

No se cocinaba durante toda la semana. Nuestro pueblo tenía un enorme respeto por lo que significaba el gran misterio de la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús.  Toda la semana debía dedicarse a la reflexión, al ayuno, a la mortificación, a la oración y prácticas piadosas  que conllevaran a una mejor preparación espiritual y a una expiación de las culpas –pecados- que cada quien considerara había cometido.  A fin de no distraer la atención de aquello tan significativo, las señoras preparaban los alimentos que se iban a consumir durante la semana.  Así, era frecuente hornear el pan, las rosquillas de harina o masa de maíz, preparar el dulce de chiverre o de coco, el arroz con leche. El fogón, el anafre, la cocina de leña, entraban en receso durante una semana.

Con cuanto celo cuidaban las señoras aquellos manjares, todo era delicioso –pero había que administrarlo prudentemente para que alcanzara- pero recuerdo muy bien como los chiquillos o jóvenes nos las ingeniábamos para aprovechar los ligeros descuidos y “asaltar” esos ricos alimentos y llevarnos una buena porción que escondíamos incluso en el rincón de nuestra cama para comerlos a hurtadillas y ver muchas veces el rostro sorprendido de nuestra madre, lo mismo que el rostro angelical que poníamos cuando preguntaba por lo que tenía guardado.  ¡Era una hermosa costumbre!

La procesión del Encuentro se celebra el Viernes Santo. Fotografía tomada de la página www.alora.es/alor/SemanaSanta/SemanaSanta.jpgSilencio total y no bañarse en viernes Santo.  ¡Qué difícil cumplirlo!  Pero era una costumbre casi sagrada.  ¡El Viernes Santo había que respetarlo!  Todo era quietud, silencio, calma.  Nadie prendía su radio.  No se prendía la televisión –quienes tuvieran-Podríamos decir que incluso la naturaleza parecía mucho más quieta.  No soplaba el viento.  Hojas y ramas de los árboles sin movimiento. Los vehículos no transitaban.  Se caminaba a las distintas celebraciones. Si se lograba ver pasar un avión las personas mayores se santiguaban porque podría ocurrir una desgracia a quienes iban en él.  ¡Pero éramos niños! y que lucha la de nuestros padres,  ¿cómo mantenernos metidos en la casa?  ¿cómo no jugar? con nuestra edad aquello  no era comprensible  ¡Pero Dios nos librara si decíamos “qué pereza” o “qué aburrido”!  Venía la reprimenda. Y ni pensar ir a bañarse al río o al mar quienes vivían cerca de él, porque se corría el riesgo –y esto rayaba en la superstición- de convertirse en pez –o en sirena decían quienes vivían cerca del mar-  y lo creíamos.  El Viernes Santo era un viernes de silencio, se sentía en el ambiente, se sentía en el corazón y en la mente de todo creyente.  Hoy igualmente podemos decir ¡eran hermosas costumbres!

En cuanto a las tradiciones, hay muchas pero tomaré solo una.  Recuerdo con gran sentimiento la Procesión del Santo Entierro, o como decíamos la Procesión del Santo Sepulcro. La procesión del Viernes Santo por la tarde y casi noche, después de los Santos Oficios. 

Procesión del Santo Entierro. Fotografía tomada de la página www.ayuntamientocatral.com/imagenes/semana-santa-big.jpgYo vivía cerca de la Parroquia de Nuestra Señora de Guadalupe –Goicoechea-  mis amigos y yo habíamos deseado tener la edad y la estatura que nos permitiera llevar en hombros el Santo Sepulcro.  Durante años habíamos admirado e incluso envidiado a los varones a quienes les correspondía salir o ingresar al templo cargando a Jesús yaciente.  Mirábamos aquel hermosísimo Sepulcro, dorado, lleno de luces y dentro la imagen de Jesús muerto.  La música del Duelo de la Patria, entonada por la Banda Municipal, nos hacía sobrecogernos y casi hacía brotar lágrimas de nuestros ojos.  Pero aquel año era nuestro año.  Desde muy temprano estábamos haciendo guarda junto al Sepulcro, para que nadie nos quitara la oportunidad de cargarlo.  Estábamos emocionados, inquietos, deseosos de que el Padre Alberto Mata (q.d.D.g.) diera la indicación de cargar y sacar el Santo Sepulcro.

Llegó el momento.  Éramos como veinte varones de cada lado.  Murmurábamos al compañero de adelante o de atrás.  ¡cómo pesaba!  Pero podríamos decir que lo habíamos esperado toda la vida.  Íbamos vestidos con el único traje entero que teníamos.  Eran nuestras mejores galas.  Sentíamos cómo la madera se hundía en nuestro hombro.  Pero estábamos felices. Descendimos con gran cuidado las escalinatas y sentíamos la mirada de todo el pueblo en nosotros, aunque en verdad miraban la imagen del Jesús. Nos sentíamos orgullosos y muy hombres.  Pero lo inesperado,  comenzó a llover al haber avanzado si acaso cincuenta metros.  Como por arte de magia quienes esperaban relevarnos se fueron a las aceras, bajos los aleros y no regresaron.

Así transcurrió la procesión,  solo Dios nos dio fuerza para cargar por un largo trayecto aquella pesada imagen que tanto habíamos anhelado cargar algún día.   Sentíamos hundido y roto el hombro.  Las piernas flaqueaban,  el rostro, lluvia y sudor, empapado; pero más y más queríamos seguir adelante, ya el templo estaba cerca.  Subimos las gradas y vino algo que recordaré toda mi vida: ingresar al templo y verlo totalmente lleno, sentíamos que las lágrimas se agolpaban en nuestros ojos, la gente murmuraba de aquellos hombres que bajo la lluvia habían llevado a Jesús. Y nosotros sentíamos en el corazón que le habíamos servido.  ¡Qué bello escuchar al Padre Mata agradecido!  ¡Y nos hablaba a nosotros!

Al llegar a casa nos quitamos el saco, la camisa manchada de sangre se pegaba al hombro, mi madre ayudó a separarla.  El hombro estaba casi sin piel y hundido. Fue nuestro orgullo y aún días después lo mostrábamos como si fuera la marca del Señor.  Fue mi primera experiencia viviendo a plenitud, la que considero la más grande de las tradiciones de la Semana Santa.

 
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Horario: De martes a sábado, de 8:30 a.m a 4:30 p.m. Domingos de 9 a.m. a 4:30 p.m. Lunes: Cerrado.

Tarifas: Nacionales adultos ¢2 000. Entrada gratuita para estudiantes con carnet, menores de 12 años y adultos mayores de 65 años con identificación.

Extranjeros: Tarifa general $9. Estudiantes extranjeros identificados $4.

Tels: +506 2257-1433 - Fax: +506 2233-7427 - Aptdo: 749-1000 San José, Costa Rica.

Dirección: Avenidas Central y Segunda, San José, Costa Rica. Entrada principal: Por la fachada oeste-Plaza de la Democracia.

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