Vol. 6 / Nº 6/ edición junio del 2013

Aportes

Nuestro arte popular

Lidilia Arias
Diseñadora / investigadora. Dpto. Proyección Museológica
Museo Nacional de Costa Rica

 ¿Qué entendemos en este momento por arte popular? ¿Son los bailes típicos, las artesanías, la música con marimba? ¿Por qué lo que se expone en galerías no es arte popular, ni la danza clásica que se admira en un teatro?

Pero mejor no hagamos más preguntas. Aquí queremos remitirnos a cuestionar de forma breve, el estancamiento que tiene el arte popular en nuestro país y aclarar que existen diferencias entre el arte popular y el llamado “arte culto”.

Empecemos por mencionar una de las características que distingue ambas categorías, sin que esto deba ser una regla. El arte culto u oficial siempre tiene un autor, el cual parte del razonamiento académico e intelectual para hacer su obra, que no está basada necesariamente en una tradición; por eso es elitista y en la actualidad se categoriza como una mercancía. Sin embargo, el arte culto se basa casi siempre en el arte popular. El Guernica de Picasso y mucha música clásica posterior a las guerras mundiales, por ejemplo, nos hablan del sufrimiento de una determinada sociedad o pueblo; las danzas clásicas, por lo general, tienen sus raíces en danzas populares.

El arte popular es un motivo de expresión, festejo y recreación popular; es tradicional y se hereda de generación en generación. Es colectivo, pocas veces tiene un autor o firma, es decir, mantiene el anonimato individual pero representa a una cultura o comunidad, porque nace del sentir del pueblo y en el camino se transforma y enriquece sin perder el mito y las creencias que sustentan esa expresión. Esto sucede en especial con las artesanías y bailes, pues con la sí se mantienen.

Un buen ejemplo de ese anonimato lo tenemos con la decoración de la carreta costarricense, no se sabe a ciencia cierta quién ni dónde empezó esta práctica, porque con los años la memoria de estos hechos se pierde, pero lo importante es que quedó la tradición y se trata de conservarla, porque sus decorados son únicos.

Igualmente podemos hablar del gigante y la giganta, el diablo y la calavera de las mascaradas o payasos, que junto a la cimarrona, también caracteriza una costumbre muy tica, que ha perdido su leyenda original. En un inicio las mascaradas buscaban burlarse de los terratenientes del pueblo (por eso son gigantes…), de los políticos, de los conquistadores blancos y de ojos claros bien vestidos. Se le pusieron y quitaron elementos, como la corbata que usa ahora el gigante, pero mantuvieron el concepto inicial.

En la actualidad ya no nos atrevemos a mofarnos de políticos o ricachones, aunque sea escudados por una máscara, ahora nos involucramos con historias y personajes inexistentes de la TV y los plasmamos también en las mascaradas, quizás para escapar de las temibles realidades que nos perturban.

Cuando se pierde o desconoce el mito, se hacen variables que cortan con la tradición, y por tanto con el rito. Por ejemplo, ahora que se introducen en la mascarada personajes como chespirito y dibujos animados con los cuales los niños se identifican y reconocen más fácilmente, la historia cambia; aunque la realidad de nuestra cultura actual es que estamos inmersos en un mundo de modelos virtuales, como parte de la globalización que enfrentamos.

Con esto no queremos decir que el arte popular no debe cambiar, al contrario; su naturaleza es transformarse según lo haga la sociedad en que se vive, retomando e integrando vivencias, pero su memoria, las raíces, son importantes para mantener la cultura de la cual formamos parte, no debemos cortarlas de raíz ni sustituirlas.

Por otra parte la música popular y la danza actual en nuestro país son muy pobres, parece como si se hubiera agotado su espíritu desde hace algunas décadas.

Las presentaciones de bailes típicos son, salvo algunas buenas excepciones, el Punto Guanacasteco, el Caballito Nicoyano y otros clásicos, en especial en escuelas y colegios, donde parece que se oficializó y quedó la idea de que sólo eso existe y no se puede renovar. Cuando vemos presentaciones de otros países centroamericanos como los nicaragüenses, nos damos cuenta que ahí sí está vivo el arte popular y que en ellos fluye este espíritu tradicional.

Deberíamos incentivar más el arte popular y permitir que siga su rumbo, en especial en los niños y jóvenes para que revivan con ello esas expresiones de cultura que enaltecen al ser humano y crean sentimientos de solidaridad, uno de los valores actuales que más requiere la sociedad actual.

Fotografías: Lidilia Arias.  

 
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