Museo Nacional de Costa Rica

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Aportes

La cabeza como trofeo

Francisco Corrales Ulloa
Arqueólogo, Dpto. de Antropología e Historia

Cabeza reducida de los indios Jíbaros de América del Sur. Fotografía del Museo NacionalEs común ver últimamente en las noticias, como narcotraficantes mexicanos cortan las cabezas a sus enemigos y las colocan en lugares públicos como escarmiento y muestra de superioridad, además de amedrentar a la población civil. Aunque tildada de barbárica, la decapitación se practica desde tiempos inmemoriales. En la época de la Revolución Francesa alcanzó un alto grado de sofisticación con el uso de la guillotina.

El caso mexicano es solo la versión moderna de una añeja usanza: la exhibición de la cabeza del enemigo como trofeo. A lo largo de la historia tenemos múltiples ejemplos del triunfante sosteniendo en una mano la cabeza recién cercenada y en la otra el arma utilizada. Esta es una tradición que se ha manifestado en numerosos pueblos, en diversas épocas, con diferentes significados y con un alto grado de representación gráfica.

Usar la cabeza

Guerrero con cabeza de trofeo, elaborada en piedra. Fotografía del Dpto. de Proyección MuseológicaEn tiempos precolombinos cortar la cabeza al oponente tenía varios significados. Tal vez el principal era insultar y degradar al enemigo, pero también apropiarse de su alma, poder o conocimiento. Al cercenar la cabeza estos se eliminarían o pasarían al vencedor. También se usarían como prueba tangible de la derrota y muerte del adversario.

La cabeza se acarreaba como expresión del cuerpo total, aparte de ser el elemento de identidad más palpable. Más prácticos, algunos indígenas norteamericanos se contentaban solo con la cabellera.

Entre los shuar o jibaros de Ecuador, la costumbre de reducir las cabezas de los enemigos, o tzansas, no solo hace alarde de trofeos de guerra, pretende que el espíritu del muerto, el muisak, no vuelva para vengarse del asesino. Estas cabezas reducidas se cotizan alto en el mercado negro y se sospecha que esta práctica podría estar detrás de hallazgos recientes de cuerpos decapitados en la Amazonia ecuatoriana para suplir un mercado morboso y fetichista.

En ocasiones la decapitación no lograba terminar con el poder de las cabezas, los bribris tienen una leyenda donde una cabeza de un poderoso chamán seguía mordiendo a quienes se acercaban. Hay leyendas celtas de cabezas trofeos que seguían hablando y hasta podían servir de oráculos. También está la variante opuesta de cuerpos vivos en la ausencia de cabeza, que alcanza su máxima expresión con las leyendas del Padre sin cabeza y el jinete sin cabeza.

Las cabezas, según el lugar y grupo, podían sostenerse en la mano, atarse a cabalgaduras, apilarse, ponerse en picas y llevadas en procesión o puestas a la entrada de edificios. La representación en diferentes medios buscaba la perduración del acto. También podía darse el giro hacia la reverencia del ajusticiado. Las cabezas de enemigos de rango especial se conservarían por más tiempo e incluso curadas y conservadas por generaciones. El hallazgo en enterramientos arqueológicos de cráneos rodeando individuos completos podría estar relacionado con el culto a los ancestros o la colocación de cabezas de enemigos como ofrendas.

Violencia como arte

Perseo con la cabeza de Medusa, escultura de Antonio Cánova, 1801. A pesar de la violencia ejercida y su impacto visual, la cabeza como trofeo ha sido un constante elemento de representación gráfica, considerada mayormente como artística.

Entre muchos ejemplos, podemos mencionar las representaciones asociadas a los celtas en la Edad de Hierro de las cabezas de los enemigos atadas al cuello de los caballos. De la Grecia antigua tenemos mosaicos, bajorrelieves y pinturas que presentan a Perseo con la cabeza de la Medusa, que mezcla belleza con terror.

En la zona andina se ilustra profusamente esta práctica, especialmente entre las culturas Moche y Nazca. Entre los aztecas asumía un aspecto masivo con el tzompantli o conjunto de las cabezas de los cautivos sacrificados empaladas en hileras. El del Templo Mayor de Tenochtitlán pudo tener más de 60 000 cráneos a la llegada de los españoles. Las decapitaciones de los carteles mexicanos mencionadas al inicio parecen un eco moderno de esas prácticas antiguas.

En las diferentes regiones arqueológicas de Costa Rica hay representaciones de cabezas trofeo. Destacan las esculturas del Caribe Central con la representación de un individuo, que se asume como guerrero, sosteniendo una cabeza en una mano y en la otra un hacha. Aunque hay un canon de representación, cada una presenta variantes en el tocado, adorno o vestimenta corporal, e incluso la cabeza trofeo, que señalan “retratos” de individuos en sus gestas personales.

Se consideran variante de esta representación los bordes de “metates” decorados con cabezas trofeos, a veces sumamente estilizadas, sugiriendo una relación entre cabezas trofeo, fertilidad y poder. También hay cabezas individuales que dependiendo de su expresión y otros rasgos se asocian a retratos o a cabezas trofeos.

Perder la cabeza

Judit degollando a Holofernes. Caravaggio, 1612-1613. Colección Galería de los Uffizi, FlorenciaLa práctica no solo ha sido masculina, los dos casos más famosos de mujeres involucradas llevaron al filósofo español José Ortega y Gasset a decir: " En la morfología del ser femenino, acaso no haya figuras más extrañas que las de Judit y Salomé, las dos mujeres que van con dos cabezas cada una: la suya y la cortada”. En estos dos casos se combinó la muerte con la seducción. La de Salomé para conseguir que su padrastro Herodes Antipas le diera la cabeza de Juan el Bautista y el más osado de Judit de ofrecerse a Holofernes para cortar su cabeza. De ahí la expresión “…perder la cabeza por amor.”

Estas mujeres con sus cabezas trofeos han sido inmortalizadas por innumerables artistas, muchos anónimos, y otros reconocidos como Miguel Ángel, Caravaggio, Klimt, Tiziano y Artemisia Gentileschi. De esta manera estas imágenes violentas se transforman en obras de belleza, combinación que atrae poderosamente nuestra atención necrófila.

Hay también cabezas-trofeo femeninas. La cabeza de la Medusa con sus serpientes seguía con el poder de petrificar. La de María Antonieta fue mostrada a la muchedumbre revolucionaria, y su contemporánea, la princesa de Lamballe fue ejecutada y su cabeza exhibida en una pica por las calles de París

Poner la cabeza a disposición

No siempre se perdió la cabeza por acción de los enemigos. Un caso particular es el de Yukio Mishima. En 1970, como parte del ritual del seppuku público que ejecutó el escritor para protestar la pérdida de tradición de Japón, un acólito le corta la cabeza a él y a su compañero Morita. Al final, sus cabezas son exhibidas sobre la mesa de un general como trofeos inesperados, produciendo, en las palabra de Marguerite Yourcenar, “…más estupor que espanto.”

La exhibición de cabezas de animales forma parte de esta tradición. Aceptada sin reserva en otros tiempos, hay ahora señales de cambio. Hace poco en las redes sociales dos jóvenes posaban con la cabeza de una pantera negra, pero en este caso la exhibición del trofeo fue recibido con indignación generalizada. Similar reacción a la foto del rey de España, en este caso con todo un elefante como trofeo.

Aunque la práctica esté lejos de ser erradicada, la sensibilidad occidental valora más la parte simbólica del trofeo, ahora nos contentamos, por ejemplo, en “pedir la cabeza” del político o entrenador de turno caído en desgracia mientras nos horroriza la “salvaje” práctica de los narcos mexicanos.