Museo Nacional de Costa Rica

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Aportes

De maravillas y reivindicaciones: El regreso de una parte de la colección Keith

Francisco Corrales Ulloa
Arqueólogo, Dpto. de Antropología

El arqueólogo Francisco Corrales observa las piezas cuando aún estaban en el Museo de Brooklyn. Fotografía proporcionada por el autorDecir 981 piezas arqueológicas es solo un dato, ver 981 piezas cerámicas juntas en una habitación desprovista de cualquier otro elemento es una experiencia sensorial contradictoria. Esa fue la sensación que tuve cuando, en agosto de este año, en una bodega del Museo de Brooklyn vi sobre mesas el primer lote de piezas cerámicas de la denominada “Colección Minor Keith” que iban a ser repatriadas a Costa Rica. Sentimiento de asombro, curiosidad, interés técnico, pero también de enojo tuve cuando los encargados de la colección me enseñaron esas piezas o cuando fuimos por los pasillos atestados de anaqueles a su vez llenos de objetos provenientes del territorio costarricense.

Más de cinco mil piezas arqueológicas llegaron en la década de 1930 al Museo de Brooklyn luego de la muerte de Minor Keith. La colección total era de más de 16000 piezas, entre jade, oro, cobre, piedra y cerámica, y fueron trasladadas gradualmente a la residencia de Keith en Brooklyn, de donde era originario. Otros lotes fueron a dar a museos en Nueva York y Washington.

Esta colección formó parte de los numerosos grupos de piezas precolombinas que salieron de Costa Rica a finales del siglo XIX y principios del XX. En Costa Rica, el siglo XIX se caracterizó por una actividad pública y sin control de huaqueros y coleccionistas. Entre las razones que pudieron incidir en esta actitud estuvieron el escaso desarrollo de la arqueología y la ausencia de una legislación específica que protegiera la explotación y exportación del patrimonio arqueológico. Lo anterior redundó en el saqueo generalizado de los sitios arqueológicos, en especial cementerios.

Este era el salón donde permanecieron las piezas antes de emprender su viaje hasta Costa Rica. Fotografía proporcionada por el autor.Los anticuarios o coleccionistas centraban su atención en los aspectos artísticos, tipo de material y manufactura de los objetos. La presencia de objetos de oro, jade, estatuaria y cerámica como ofrendas funerarias desencadenó una actividad de huaquerismo febril y descontrolada. Se formaban colecciones para su venta en el país y en el extranjero. Los coleccionistas no ocultaban sus actividades, realizando sus transacciones abiertamente. Incluso recibieron respaldo oficial en algunas ocasiones.

Una de las mayores destrucciones y saqueo de sitios arqueológicos se dio como producto de la remoción de terrenos para instalar la vía férrea al Caribe a finales del siglo XIX, en donde se pusieron al descubierto gran cantidad de asentamientos y cementerios prehispánicos. Es aquí donde hace aparición uno de los mayores coleccionistas en la historia costarricense.

A partir de 1872, Minor Cooper Keith, concesionario de la obra, formó una de las colecciones más valiosas de arte precolombino costarricense mediante excavaciones realizadas por su personal y la compra de objetos obtenidos por otros.

Esta es parte de la colección que regresó al país. Fotografía proporcionada por el autorSus inicios como coleccionista son descritos de forma anecdótica por Watt Stewart en su libro “Keith en Costa Rica”. Un pequeño huracán desarraigó un gigantesco árbol en el lugar conocido como Las Mercedes. En las raíces del árbol fueron encontrados treinta objetos de oro, al parecer provenientes de una tumba. Este incidente motivó a Keith a colectar estos y otros valiosos objetos arqueológicos no solo de la zona de Línea Vieja sino también de otras partes del país. En otra referencia, el arqueólogo sueco Carl Hartman, refiriéndose al sitio Las Mercedes, menciona que poco antes de su partida para Europa, el propio Keith le había dicho que pronto regresaría con 50 hombres para excavar todo un montículo, que él creía debía contener ricos tesoros en piedra.

    Aunque al parecer Keith dirigió algunas de las excavaciones la mayor parte de estas estuvieron a cargo de Jesús Alpízar, empleado de Keith que al frente de una cuadrilla de trabajadores se dedicó sistemáticamente a saquear los innumerables sitios arqueológicos de la zona. El arqueólogo Alden Mason, quien analizaría los objetos de piedra de la Colección Keith, opinó que las tumbas excavadas en Las Mercedes por los arqueólogos Carl Hartman y Alanson Skinner fueron “pobres”, en términos de la calidad de los objetos colocados como ofrendas, con relación a las excavadas por Alpízar en el mismo lugar.

En la fotografía a la izquierda el arqueólogo John Hoopes de la Universidad de Kansas y a su derecha la curadora del Museo de Brooklyn, Nancy Rosoff. Fotografía proporcionada por el autor.En esa época, el huaquerismo y el coleccionismo no contaban con ninguna restricción y no tenían la connotación tan negativa que le damos ahora. Keith se beneficiaba además de su poder económico y de las concesiones territoriales logradas en sus contratos con el gobierno costarricense. Se puede incluso asegurar que eran actividades que gozaban de prestigio en los círculos más altos de la sociedad ya que eran practicadas por figuras públicas importantes del clero y la política. Por ejemplo, no existió ningún inconveniente que se adquirieran colecciones a huaqueros y coleccionistas para el nuevo Museo Nacional creado en 1887.

La ausencia de una práctica arqueológica propiamente dicha y el desarrollo de una concepción nacionalista que no reivindicaba fuertemente el pasado precolombino incidieron en esta tolerancia hacia la destrucción de los sitios arqueológicos por particulares y el atesoramiento y lucro con los objetos arqueológicos.

Como resultado miles de objetos salieron del país rumbo a colecciones particulares o museos en Europa y Estados Unidos. Llevó varias décadas para contar con una legislación que regulara las actividades de huaquerismo, así como una formación universitaria local que permitiera contar con un buen número de arqueólogos costarricenses.

Igualmente, se contó con un Museo Nacional fortalecido que cambió sus prácticas de adquisición de objetos para favorecer la investigación, conservación de colecciones y protección del patrimonio. Con esto se han dado, al amparo de convenciones internacionales, tratados bilaterales y la coordinación con autoridades de aduanas, diferentes gestiones para recuperar parte de los objetos que salieron del país.

Desafortunadamente, esta no es una labor fácil. Hay mil y una trabas burocráticas y legales para los países que tratan de reclamar de vuelta el patrimonio cultural que fue extraído en épocas en que los marcos legales de protección eran débiles o inexistentes.

Con relación a la colección Keith ahora vamos conociendo mejor las condiciones en que salieron y donde se encuentran las diferentes partes de la colección original. En el caso del lote de Brooklyn la decisión unilateral del Museo de Brooklyn de devolver una parte de la colección abre necesariamente una reflexión sobre la época en que salieron y las condiciones en que pudieron ser sacadas sin ningún impedimento legal.

El lote de piezas que observé en el Museo de Brooklyn y que tantos sentimientos me provocó al verlas ya llegó al país. Después de un periplo de casi un siglo, regresan ahora a un país con una mayor conciencia de la protección del patrimonio arqueológico aunque las prácticas de huaquerismo y coleccionismo aun siguen presentes. Mucha de la información asociada a las piezas ya no es recuperable, principalmente la de su asociación contextual, pero todavía se pueden realizar muchos estudios con ellas y muchas servirán para exhibiciones.

Es de esperar que otras colecciones puedan ser recuperadas, a pesar de los obstáculos a nivel internacional, la gestión debe ser perseverante y acompañada de mecanismos legales y políticos adecuados. Más allá de la maravilla que nos produce ver un gran conjunto de objetos arqueológicos, con su variedad de formas, adornos y colores, la lucha por su regreso es un acto de reivindicación del legado patrimonial y de información que dejaron las generaciones que nos precedieron.