Doris Stone en el Museo Nacional

Fotografía de Doris Stone. Archivo del Museo Nacional

Estudiar a Doris Stone abre ventanas para mirar a la Costa Rica de la segunda mitad del siglo XX (1940 a 1964) y al Museo Nacional. Ella y sus experiencias han sido desconocidas, tal vez por la relación que la unió a la United Fruit Company y a su presidente, Samuel Zemurray, su padre. El estigma que esto creó hizo que ella fuera apreciada por algunos sectores y no tanto por otros grupos.

Sin embargo, una mirada cuidadosa, científica, histórica y antropológica a variadas fuentes históricas del mismo museo y de otras bibliotecas y periódicos, hace que asomen algunos logros en los que ella puso su empeño. Nos parece importante señalarlos porque fueron fundamento del Museo Nacional de Costa Rica en las décadas después de la Revolución del 48. Así como hubo que reconstruir y fortalecer cimientos del Cuartel Bellavista para convertirlo en un museo, así hubo a la vez bases intangibles colocadas para el funcionamiento cotidiano del Museo Nacional de Costa Rica.

Doris Zemurray estudió antropología en Radcliffe College y arqueología, esta última en una época en la que no se aceptaban mujeres en Harvard. Recibió sus cursos en el Peabody Museum y su tutor fue Alfred Tozzer. Pronto contrajo matrimonio con Roger Thayer Stone,  quien se interesó en el café y se vinieron a vivir a Costa Rica antes de la Segunda Guerra Mundial.

Ella tenía experiencia con América Central, venía durante los tiempos de verano a Honduras, ahí montaba a caballo, y visitaba comunidades indígenas.  Ese país estuvo en su corazón, y junto con su padre fundaron el Zamorano –Escuela Agrícola Panamericana-  institución que amó y a la que entregó esfuerzo, tiempo y dinero.
     
En 1946 hay registro de la exportación de materiales arqueológicos al Peabody Museum, que ella y su marido enviaban, amparados en la Ley de 1938, cuando esto era legal. Ese museo cuenta ahora con una rica colección de cultura material de Costa Rica, la que sirve para fines de estudio.

Como una consecuencia de la Revolución del 48 en Costa Rica se abolió el ejército. Este hecho, sumado a la necesidad de una nueva planta física para el museo, fueron lanzadas a los cuatro vientos por costarricenses como Rómulo Valerio, antiguo director del Museo. Además de los esfuerzos de Valerio, la amistad que la unía con José Figueres Ferrer contribuyó a que se designara el edificio del Cuartel Bellavista para ser transformado en el Museo Nacional de Costa Rica.

Una vez realizado el paso legal para lo anterior, ella comenzó a gestionar materiales de construcción, como sacos de cemento, varilla, y otros, financiados principalmente por la United Fruit Company. Más adelante continuó solicitando colaboración a costarricenses poderosos, cafetaleros, comerciantes, entre algunos, tras maderas, dinero, y otros.  Ella solicitó por medio de la prensa, que maestros y niños de escuelas contribuyeran para el museo y fue escuchada, de manera que interesó a ese sector en la construcción del museo.

Los materiales para las salas eran comprados mayoritariamente en los Estados Unidos, y traídos a Costa Rica por medio de los barcos de la United Fruit Company. Llegaban las cajas con los objetos a Puerto Limón y por tren se trasladaban a San José. Llama la atención la variedad de materiales que encargó: desde terciopelos rojos para colocar en las urnas que exhibirían los objetos de oro, luces especiales, cuadros, fotografías, pinturas, bisagras, tachuelas,  hasta el alambre para el tendido eléctrico de la institución. Enriqueció las colecciones con mariposas disecadas traídas del Museo Británico. Igualmente mandó traer dos alces disecados para la sala de Historia Natural, estos del American Museum de National History de Nueva York.

Doris Stone fue una mujer voluntariosa y autoritaria. Durante el proceso de readecuación del cuartel a museo, y de la creación de salas nuevas, chocó fuertemente con don Rómulo Valerio y con don Carlos Aguilar Piedra, quienes pusieron su renuncia y se fueron a trabajar a la Universidad de Costa Rica, institución de la que se mantuvo relativamente alejada.

Una vez colocadas las bases principales del nuevo edificio para la revitalización del museo, ella continuó ocupada en varios proyectos muy importantes en la historia del país. Como directora de la Junta Protectora de las Razas Aborígenes de la Nación se fundaron escuelas indígenas, como la Doris Zemurray de Stone en Boruca, la escuela de Térraba, la de Salitre y la de Ujarrás.

Ella se preocupó por la preservación de los idiomas indígenas y de que ellos aprendieran español. Para ello se ayudó con silabarios. Con el objetivo de enseñar reglas de higiene escribió un instructivo, por ejemplo, en 1948, el libro Vamos a criar chanchos, ilustrado por el artista costarricense Francisco Amighetti. Stone llevaba cuadernos, lápices, borradores y otros útiles necesarios a estas escuelas. Las dotó de bombas de agua traídas de los Estados Unidos para que los estudiantes tuvieran agua potable.  Llevaba médicos, medicinas y hasta mulas.

Ella ideó el proyecto para la protección de las tierras de los indígenas, invadidas por chiricanos y gentes del Valle Central. Consideraba este problema humanitario y urgente. Rómulo Valerio lo re-redactó. Así surgió el proyecto sobre las entonces llamadas reservas indígenas, que aunque no ha sido del todo efectivo, ha logrado asegurar parte de las tierras y sobre todo, derechos de los indígenas.

Ella fue la primera en reportar las esferas del Diquís en 1943. En arqueología se preocupó además por la reconstrucción del ambiente natural del país.  Denominó otra vez las tres áreas arqueológicas del país, eliminando la nomenclatura que les había dado Jorge Lines antes.

Doris Stone murió en 1994 en Covington, Luisiana. Su trabajo y la numerosa bibliografía que legó han sido objeto de múltiples reconocimientos internacionales.  En 1951, el Museo Nacional de Costa Rica se nombró como Sala Doris Stone a la sala de arqueología. Se reinauguró en 1964 y de nuevo en 1994, actividad a la que asistió, solamente unos pocos meses antes de su