El Delta del Diquís: Las maravillas de las tierras de nuestros indígenas

Vista del Delta del Diquís. Fotografía de Silvia Lobo. DHN

En los últimos años, mucho se ha hablado de las esferas de piedra y los sitios donde se han encontrado, de la riqueza arqueológica del Delta del Diquís y de la importante civilización que habitó esa zona hace más de 500 años atrás. Pero ¿cuál es la magia que tiene la zona en la que una de las civilizaciones más avanzadas de la Costa Rica precolombina se asentó, creció y declinó?

La llanura aluvial entre los ríos Térraba y Sierpe, en el sureste del país, fue un área sumamente propicia para los asentamientos humanos precolombinos. Por un milenio, y tal vez más, diferentes poblaciones indígenas precolombinas ocuparon la zona y los asentamientos fueron creciendo gradualmente hasta configurar una de las zonas arqueológicas más relevantes del sur de América Central.
Esta llanura es producto de la sedimentación asociada al delta del río Térraba, que cuenta además con extensas zonas de manglar. Las filas montañosas de la Cordillera Costeña que rodean la llanura proporcionaban a los pobladores diferentes pisos altitudinales con recursos que complementaban a los existentes en las partes bajas.

Vista del Río Térraba. Fotografía de Francisco CorralesEl Térraba, junto con sus afluentes General y Coto Brus, era la vía de comunicación natural para toda la región. A lo largo del río Térraba y sus tributarios una cadena de asentamientos principales iniciaba en las tierras altas del valle del General (Rivas moderno) y finalizaba en el delta. Los ocupantes de los asentamientos aprovechaban las fértiles tierras de los abanicos aluviales. Sin embargo, las posibilidades de crecimiento de las comunidades se vieron limitadas por la cantidad de tierra fértil disponible.

Esta disponibilidad aumentaba de decenas o pocos cientos de hectáreas en el estrecho valle del río, a miles de hectáreas en la llanura asociada al delta. Las fuertes condiciones de humedad establecían limitaciones a las ocupaciones humanas y eventualmente el azote de las inundaciones obligaba a abandonar, al menos temporalmente, los poblados. Pero estas mismas limitaciones impulsaron, a lo largo de cientos de años, una organización social de tipo cacical que incluyó una gran laboriosidad para crear asentamientos complejos con montículos artificiales, empedrados extensos y las excepcionales esferas de piedra. Algunos asentamientos crecieron en importancia y habrían subordinado a otros.

Vista del sitio arqueológico Batambal. Fotografía de Francisco CorralesEsta misma organización contó con la presencia de hábiles artesanos en piedra, oro, hueso y madera, aunque restos de estos dos últimos materiales son muy raros.

Además de la gran disponibilidad de tierra potencialmente cultivable, las poblaciones antiguas dispusieron de los recursos del manglar (caza, pesca, recolección de moluscos, leña, etc.) y los recursos costeros, en especial la sal. Alrededor de las aldeas se establecieron los campos de cultivos de maíz, frijoles y otras plantas asociadas.

Las riberas del río proporcionaban de manera ilimitada piedras redondeadas aptas para empedrados y muros, así como materia prima para herramientas de todo tipo. En las colinas y piedemonte de la Cordillera Costeña, que rodea el delta, están los afloramientos rocosos que se usaron para fabricar las esferas de piedra que son el sello distintivo de la zona. Esos mismos lugares eran aptos para asentamientos y cementerios. Algunos de ellos por el control visual de las partes bajas habrían tenido una función estratégica de control y vigilancia.

Palmar norte visto desde el Alto de la Montura. Fotografía de Silvia LoboLa ubicación de la llanura es una verdadera encrucijada. Además de ser la finalización del valle del río Térraba, a partir de ahí arranca la península de Osa con sus ríos arrastrando depósitos de oro. Los cronistas españoles del siglo XVI mencionaron que caciques de tierra adentro controlaban ríos auríferos en la península. El angosto litoral costero al noroeste del delta comunicaba con las tierras del Pacífico Central. Poblaciones relacionadas con las del delta alcanzaron la altura de Quepos.

Al frente del delta se encuentra la Isla del Caño, la cual fue ocupada por las gentes de tierra firme aprovechando entre otros los recursos pesqueros de los arrecifes que rodean la isla. Además, se tiene evidencia de intercambio de cerámica con poblaciones del Golfo de Nicoya indicando una activa navegación costera. También se habría mantenido contacto con la vecina Chiriquí y posiblemente zonas más alejadas.

Vista del sitio arqueológico Finca 6. Fotografía de Silvia Lobo, DHNPoco a poco las investigaciones arqueológicas van permitiendo conocer sus particularidades. Luego de varios siglos desde la ocupación precolombina y el impacto de la Conquista, la zona fue ocupada nuevamente por agricultores pioneros y luego por el enclave de la Compañía Bananera de Costa Rica.

Retomando el interés de varios investigadores desde la década de los 1940, el Museo Nacional de Costa Rica ha venido realizando investigaciones en la zona. Primeramente con el Proyecto “Hombre y ambiente en el Delta del Sierpe-Térraba” dirigido por Ifigenia Quintanilla en la década de 1990 y desde el 2005 con el proyecto “Sitios con esferas de piedra en el Delta del Diquís” a cargo de Francisco Corrales y Adrián Badilla.

Este último proyecto ha tenido como objetivo conocer la organización cacical del delta y sus marcadores arqueológicos así como discutir el proceso de desarrollo autóctono postulado para el sur de América Central y su manifestación particular en la Subregión Arqueológica Diquís, Sureste de Costa Rica.

Dada la presencia de esferas de piedra en muchos de los sitios de la zona se ha procurado conocer mejor el contexto de estos artefactos y abordar preguntas que permiten acercarse a los modos de vida de los antiguos ocupantes. El énfasis por ahora está en un conjunto de sitios, Finca 6, Batambal, Grijalba y El Silencio, ubicados en la planicie aluvial y las zonas de piedemonte que la rodean.

El enfoque regional del estudio ha permitido una acumulación creciente de información y confirmar el gran potencial de conocimiento de las antiguas poblaciones a pesar de décadas de huaquerismo y labores agrícolas. El proyecto ha combinado actividades de inspección, evaluación y excavación. Más recientemente se ha avanzado en la conservación y gestión del patrimonio arqueológico, esto último en cooperación con la comunidad local.